Por MonjaGuerrillera
No sé cómo lo verá usted, pero le cuento lo que a mí me parece en relación al miedo a la muerte.1 Para acceder al tema de la muerte tolerando el miedo –según mi opinión de ahora– y siendo la muerte impenetrable, creo que hay dos puertas posibles. Una es el arte. Incluyendo la literatura que no pretende ser profiláctica de la desesperación. Y la otra es la teología, porque convoca a la fe, y no sólo a la fe propia, autista y purgante. No hay otras puertas de acceso a soportar la muerte y sus espantos sino sólo por medio del arte y de la teología.2
De esas dos puertas posibles ahora no voy a hablarle, porque le dije que me ajustaría nada más que a la antropología de la muerte. Sin embargo, me adelanto a dar un rasgo del arte, que es una inexplicable intuición que se tiene o no se tiene, y que, por una profunda e hipersensible fuerza creadora (que no se puede soslayar) ejerce una presión ante la vida y la muerte tan grande e irreversible como la presión que el Misterio ejerce sobre los profetas. El arte, todo el arte, a veces tiene un resplandor velado que nos aleja de la angustia de la Muerte porque nos acerca a la angustia de la Vida.
¿Quién puede decir con honestidad que siguiendo los consejos de un escritor aséptico de desesperación consigue más paz por un solo instante en el día que oyendo la música de un gran artista? Eso es porque el artista, si es bueno, tiene una extraordinaria3 consciencia de la desesperación humana, y no llega a su cumbre por haber pisado todos los terrenos de la felicidad, sino por haber pisado unos pocos y fugazmente.
A través del arte se puede acceder a una arista de la muerte y espiarla, mucho más que mediante otras ciencias. Y con la teología pasa algo similar, si es que la teología no es un simple acumulador de datos, y es, primero que nada, un germen continuo de búsqueda para le fe.
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Vuelvo a la antropología de la muerte, para decir una vez más que, incluso siendo el arte y la teología dos puntos de acceso a indagar la muerte –y dos maneras de hacer soportable lo indagado no sólo para uno mismo– son de todas maneras dos contactos igualmente lejanos con ella, porque no pueden penetrarla y declarar lo que es. Pueden, nada más, merodearla y describir lo que ella parece ser.
Tenemos que tener en cuenta esta acción de merodeo, ese rodear la muerte, porque en eso consiste nuestro tratamiento de existencialidad y fe. Rodear la muerte y su concepto, o sus varios conceptos. Rodear su ambigüedad, su enigma unívoco es rondarla para buscar el perfil, la silueta, su contorno. Merodearla lo pide la hiperviligilancia de la incerteza, o sea la angustia provocada por la certeza de la muerte. Y lo pide pasionalmente porque desea ver si por algún lado hay alguna fisura que nos permita apenas percibir de manera limitada y transitoria en qué consiste interrogar, si es que somos capaces, la muerte y sus posibles esencias. Y merodearla incluso sabiendo de antemano que una cosa es pensar antropológica y teológicamente la muerte, y otra cosa muy distinta es entender la muerte. Lo primero se puede hacer mediante la especulación sensorial e intelectual estando vivos. Lo otro, no se sabe.
- Miedo que, si me permite decirle tan tempranamente, nunca es un miedo a la muerte física, en mi caso; no ya en estos tiempos en que tantas fallas me hace el cuerpo. Una misma ya lucha pero al mismo tiempo se entrega y pierde el temor a que el cuerpo muera. Sí, tengo, en cambio, un miedo esencial a que esa cosa me toque, y a sus preliminares, sus síntomas, a su conciencia de sufrir, y luego al hecho de no existir más, a la nada posterior, a la desintegración, a la ausencia definitiva, a la pérdida de lo que era, un miedo a haber trabajado tanto en ser para que luego deje de ser. Y miedo, también, por la misma razón, a la muerte ajena, a la de los seres que nos dan sentido a la vida nuestra, sean conocidos íntimos o no, porque uno puede quedarse huérfano o viudo de la gente que le valió la pena sin haberla tenido cerca jamás. Y ese miedo se tiene todos los días, no sólo cuando toca el azar del hospital. ↩
- No dije que haya que ser artista o teólogo para soportar el acoso de la muerte. Ni siquiera dije que haya que ser creyente en alguna religión. Porque bien se sabe que hasta los etruscos tienen esa sonrisa frente a la muerte justamente para contradecir la plena conciencia del pánico ante ella. Usted sabrá leer bien. ↩
- Extraordinaria, algo fuera de lo ordinario y fuera de lo común a todos. ↩



