Di­gre­sio­nes necesarias

Continuamos con una dialéctica de la existencialidad, que al fin me parece más humana y más viva que cualquier sistemática: nuestra charla es un vaivén que se resiste a ser sólo un camino recto.

Escrito por Eliana Gilmartin


“Gil­ga­mesh, ¿adónde co­rres?
La vida que bus­cas no la en­con­tra­rás
Cuando los dio­ses crea­ron a la hu­ma­ni­dad
Fue la muerte lo que le die­ron,
La vida se la guar­da­ron en sus manos”

Excma.: Pi­diendo su per­miso para in­te­rrum­pirla, me ade­lanto des­con­tán­dolo, y le pro­meto que sólo me to­mará unos mi­nu­tos. Qui­siera dar cuenta de mi elec­ción de gé­ne­sis 2 para plan­tear el pro­blema de la vida y la muerte, jus­ti­fi­cán­dola, aun­que no pa­rezca en su­per­fi­cie, con esa otra frase de la que Ud. me pide acla­ra­ción. Cuando ha­blo del “es­cri­tor se­mita” pre­tendo re­su­mir en esas dos pa­la­bras tan­tos años de in­ves­ti­ga­ción que me­re­cen el pre­sente ex­cur­sus, por eso le agra­dezco su lla­mado de aten­ción a mis so­bre­en­ten­di­dos.
Elijo Gé­ne­sis 2 por la ma­yor an­ti­güe­dad del re­lato ya­vista, res­pecto del sa­cer­do­tal de Gé­ne­sis 1, y por su pro­xi­mi­dad, como us­ted ya lo ha acla­rado, con di­ver­si­dad de fuen­tes de Oriente me­dio y pró­ximo. Y, jus­ta­mente, digo “se­mita” en­glo­bando sin dis­tin­ción a to­dos los que po­bla­ron esas me­so­po­ta­mias, en­tre el Ti­gris y el Éufra­tes: aca­dios, sú­me­ros, fe­ni­cios, ara­meos, uga­rí­ti­cos, he­breos, etc., em­pa­ren­ta­dos, dí­game si no es su­ges­tivo, en una misma fa­mi­lia de len­guas, es de­cir, em­pa­ren­ta­dos por la pa­la­bra.
Para el caso, en­ton­ces, no im­porta de­ma­siado quién fue el o los es­cri­to­res del re­lato, sino que im­por­tan más los mi­tos y le­yen­das que cir­cu­la­ban con pro­fu­sión y que el para mí “se­mita” (¿he­breo?), re­co­gió, re­or­ga­nizó y en­de­rezó a los fi­nes de dar su ex­pli­ca­ción de los orí­ge­nes o, más pre­ci­sa­mente, su des­crip­ción del drama hu­mano siem­pre vi­gente del hom­bre ante la vida, ante el mal, ante la muerte y ante Dios. (Fí­jese que dudo acerca de la in­ten­ción del au­tor: ¿In­ten­taba mos­trar los orí­ge­nes o des­cri­bir la si­tua­ción exis­ten­cial del hom­bre?)
Al de­cir, en­ton­ces, “es­cri­tor se­mita”, “au­tor se­mita”, “re­la­tor se­mita”, doy por des­con­tada una larga tra­di­ción li­te­ra­ria que ac­túa como ma­te­ria prima de la cual él mismo se sirve para lle­var ade­lante sus pro­pó­si­tos. La Epo­peya de Gil­ga­mesh, el Enuma Elish, son sólo dos de los re­la­tos fun­da­cio­na­les que se­gu­ra­mente eran bien co­no­ci­dos por escritor/​es y lec­to­res, o por relator/​es y oyen­tes, y, como us­ted bien dijo y so pena de ser ta­chada de sa­crí­lega, yo tam­bién me arriesgo a ver en ellos hue­llas de la Pa­la­bra pri­mor­dial.
Tengo la es­pe­ranza ar­diente y vehe­mente (apo­ka­ra­do­kia) de ha­ber sido breve y di­dác­tica, ade­más de acla­ra­to­ria, para to­dos aque­llos que no tie­nen por qué leerme tan­tas en­tre­lí­neas es­con­di­das bajo el ró­tulo “au­tor se­mita”. Dis­cúl­peme de an­te­mano, y con­ti­núe con tan doc­tas re­fle­xio­nes. La leo con suma atención.

Gé­ne­sis: Tra­di­ción y Muerte

Sobre los alegorismos de los árboles en Génesis. Entre la Teología de Dios y la Soteriología no teníamos noticia de ligazón sino hasta una tradición más bien moderna.

Escrito por MonjaGuerrillera


Le con­fieso mi lec­tura de Gé­ne­sis, al día de la fe­cha, por­que qui­zás la mo­di­fi­que cuando vuelva a leerlo no bien la sed me re­grese a él. Le digo, en­ton­ces, que veo el Gé­ne­sis no como un em­blema de la crea­ción, ni como el do­cu­mento donde se ha­cen ve­ra­ces en forma no­ta­rial los orí­ge­nes del cos­mos y el pla­neta. Y que veo, ade­más, de la mano de la gente de Fi­lón de Ale­jan­dría una mez­cla de tradiciones.

Ya sa­be­mos –por­que ellos lo sa­bían– que desde el punto de vista teo­ló­gico nin­guna de las tra­di­cio­nes con­ver­gía con exac­ti­tud, ni en­cas­tra­ban per­fec­tas en­tre ellas como pie­zas de rom­pe­ca­be­zas. Al con­tra­rio, unas no sólo con­tra­de­cían a otras, sino que bus­ca­ban im­po­nerse so­bre la an­te­rior o so­bre la pos­te­rior; por­que, es­ti­mada mía, como ocu­rre en to­dos los tiem­pos, las ideo­lo­gías siem­pre tien­den a la he­ge­mo­nía y lu­chan por prevalecer.

Visto de un modo op­ti­mista, po­dría­mos de­cir que la in­clu­sión de to­das esas tra­di­cio­nes en un solo cuerpo de texto, am­plia­ron pers­pec­ti­vas, aun­que en per­jui­cio de la cohe­ren­cia teo­ló­gica. Al fin de cuen­tas, eso es lo na­rra­tivo. Todo esto se lo tengo que con­tar para opi­nar un po­quito del tema sub­ra­yado por us­ted en Gé­ne­sis 2.

Yo leo el Gé­ne­sis hasta Jo­sué, por­que si no llego hasta Jo­sué, no en­tiendo ni el pri­mer verso del Gé­ne­sis. Los seis li­bros que se unen así no pue­den des­en­ca­de­narse, se­gún mi cri­te­rio. Es una obra enorme, ge­ne­ral, pero que tiene cier­tos pun­tos par­ti­cu­la­res que son los que nos de­jan preo­cu­pa­das e hin­ca­das ahí, tra­tando de ob­te­ner más luz.

Preste aten­ción a esto, por fa­vor: Ya nos han con­tado a us­ted y a mí, nues­tros maes­tros –los vie­jos y los nue­vos– un he­cho ele­men­tal. Ese he­cho es el de que, por ahora, nos re­sulta ar­queo­ló­gi­ca­mente qui­mé­rico in­vo­car prue­bas ca­ba­les de que los es­cri­to­res de tra­di­ción yah­wista no tu­vie­sen pre­ce­den­tes en la ta­rea de em­pal­mar la his­to­ria de los orí­ge­nes con la de la salvación.

Si bien es cierto de que en­tre la Teo­lo­gía de Dios y la so­te­rio­lo­gía no ten­dría­mos nin­guna no­ti­cia de li­ga­zón si no fuera por el tra­bajo de los cre­yen­tes en YHWH, tam­bién es cierto que lo que te­ne­mos de ellos no es lo más an­ti­guo. Hay in­di­cios de que al­gu­nas otras tra­di­cio­nes les pre­ce­die­ron. Con todo, esos pre­ce­den­tes no al­can­zan la ca­te­go­ría de do­cu­mento, y que­dan sólo en la con­di­ción de vestigio.

Fí­jese, con sumo cui­dado, tal como us­ted acos­tum­bra a leer, que la com­po­si­ción de los orí­ge­nes en nues­tro Gé­ne­sis ac­tual tiene he­ge­mo­nía de tra­di­ción yah­wista, y que está lo­grada me­diante la unión de re­ta­zos de ma­te­ria­les muy he­te­ro­gé­neos y dis­pa­res –como si mez­cla­ran pie­dra, tela, cris­tal, ce­mento, arena, ma­dera, ho­jas y agua en una cons­truc­ción– y que aún así tiene casi el tono de un edicto so­bre­sa­liente: –Que toda co­rrup­ción, des­com­po­si­ción de la crea­ción, con­fu­sión de la Hu­ma­ni­dad y toda la mal­dad pro­cede de una sola causa, lo que se dio en lla­mar El Pe­cado, no los pecados.

Ese edicto com­puesto de la afluen­cia de más de cinco o seis tra­di­cio­nes ates­ti­gua de un modo in­tran­si­gente que hay, desde en­ton­ces –sin sa­ber cer­te­ra­mente desde cuándo– una reali­dad en­tre Dios y no­so­tros, a la que ilus­tran li­te­ra­ria­mente como un abismo abierto, y que por su misma exis­ten­cia, hay tam­bién (por co­rres­pon­den­cia mis­te­riosa) un inex­pli­ca­ble ex­ceso de mi­se­ri­cor­dia con el abis­mado.1

Re­cor­de­mos to­dos que al ha­blar del Gé­ne­sis que te­ne­mos en la Bi­blia es­ta­mos ha­blando de la época del ju­daísmo he­lé­nico, el que los ma­ca­beos no pu­die­ron ven­cer cul­tu­ral­mente en nin­guna de sus gue­rras, y que es­ta­mos ha­blando del mismo Gé­ne­sis de es­cri­tura alegor¡sta (tal el mé­todo ele­gido en ese tiempo) y que Gé­ne­sis 2 casi obli­ga­to­ria­mente está “su­cio” de co­men­ta­rios como el “De opi­fi­cio mundi”, Co­men­ta­rio al Gé­ne­sis (1−3) y su Fun­da­men­ta­ción cos­mo­ló­gica de la ley mo­saica.2

Es­toy tan de­seosa de ir al grano, como us­ted, pero no voy a po­der ir si pri­mero no hago to­dos es­tos exor­dios que in­cum­ben al ca­pí­tulo 2 del Gé­ne­sis. Tal vez, quiera de­jar para des­pués las di­fi­cul­to­sas ase­ve­ra­cio­nes de ese li­bro, y desee pro­se­guir con el con­cepto de la muerte como fac­tor hu­ma­ni­zante y como fac­tor des­hu­ma­ni­zante.

  1. Mi­se­ri­cor­dia que para la época en que se es­cribe el Gé­ne­sis que co­no­ce­mos, ya era un tér­mino mo­derno, y para nada te­nía el mismo con­cepto –ni si­quiera la misma fa­mi­lia po­li­sé­mica– del tér­mino Hae­saed ‘h’ Emet que exis­tía en la cul­tura pre-​caldea.
  2. Y que em­peora todo si le su­ma­mos el “Le­gum alle­go­riae, en 3 li­bros, atri­bui­das al mismo Fi­lón.

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