Conmutar la muerte
Escrito por MonjaGuerrillera
“Para la libertad, sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos como un árbol carnal,
generoso y cautivo, doy a los cirujanos.”
J.M.S.
En la coordenada existencial se dice que la muerte es la posibilidad más personal que hay en nosotros por ser la menos conmutable. 1
Lo que dice, en cambio, la existencialidad del evangelio (incluso la del Eclesiastés y de la Biblia en su mayor parte) no es que la muerte sea lo menos conmutable de nosotros. Dice que no es en absoluto conmutable. Si fuera un poquito conmutable, no existiría la teología de la divina humanidad de Jesucristo. Y no sólo las cristologías posconciliares.
No hay manera de que yo conmute la muerte de nadie y de que alguien me conmute la muerte.2 ¿Podría voluntariamente ofrecer mi muerte para salvar la vida de alguien? Sí. Y quizás no lo hiciera tan libre y voluntariamente sino compelida emocional y espiritualmente por el peligro de la persona expuesta. Sin embargo, no libraría a esa persona de que algún día tenga su propia muerte. Puedo salvarla de un incendio y exponerme a morir yo, puedo salvarla de morir ahogada y ahogarme yo; pero, ese intercambio, esa conmutabilidad, no es la conmutación de la mortalidad de la persona, sino apenas de morir antes y no después.
No hay manera de conmutar una muerte por otra. ¿Cuántos hubo en tiempo del exterminio por mano nazi que se ofrecían a ser fusilados para liberar la vida de algún compañero de torturas? Muchos, algunos más famosos que otros. Pero todos los que fueron liberados a cambio de los oferentes, murieron. Y si viven, siendo ya muy viejos, da igual, porque fueron librados de una contingencia de muerte, no de la esencia mortal. En algún momento morirán.
Tantos otros ejemplos pueden demostrar que la idea del existencialismo clásico –que dice que nuestra muerte es lo más personal que tenemos porque es lo menos conmutable que hay– no es del todo rigurosa. Será verdad completa en algunos de esos existencialismos, pero en nuestra existencialidad la muerte no es lo menos conmutable sino lo absolutamente inconmutable. No hay nada que hacer para salvar de la muerte a nadie.
- Por ese argumento sabemos que no hay un evangelio existencialista, aunque hay un ensayo de fe existencial, y hay –dicho por otros– una teología existencial en Bultmann, pero que no son las tres cosas, ni siquiera las tres cosas juntas, un evangelio de la existencialidad. Porque el evangelio es justamente esto: Juan 6:35, Juan 14:6, Juan 18:36, Juan 17:2 y similares concordancias que hablan de conmutabilidad de la muerte, justo lo que niega el existencialismo filosófico. ↩
- Disculpe este término de los existencialistas: conmutabilidad. Muchos lo van a confundir con el término de la teología de la expiación, de la propiciación, de la sustitución, de la redención o de la justificación, y tan sólo por el prejuicio contra esa teología de la Cruz rechazarán la palabra “conmutar”. Otros, que tienen el desprecio más lento y la sesera más dócil, lo entenderán, porque no necesariamente en el existencialismo se conmutan penas, por lo tanto es una palabra que abarca más que el aspecto penal de una existencia bajo condena de muerte. ↩



