Sion­cita, ita

Ya verá que la mía será una pequeña digresión, apenas una “sioncita” o más aún una “ita” que no llega a digresioncita

Escrito por Eliana Gilmartin


Mi que­rida aca­ri­cia­dora, aca­ri­ciante, sol­vente te­je­dora de hi­po­co­rís­ti­cos. Su carta me dejó sor­pren­dida y con­tra­riada, aun­que no me haya en­con­trado des­pre­ve­nida. Us­ted, verá, mi Ita (que­ri­dita, ami­guita, her­ma­nita, par­te­cita de mi co­ra­zon­cito), que los amo­res se di­cen de frente, y se sos­tie­nen cara a cara, como yo lo es­toy ha­ciendo ahora, por­que, como us­ted bien dice, no está en juego de pa­ro­dia nin­guna afec­ti­vi­dad en­tre no­so­tras, ni hay au­men­ta­tivo que la au­mente ni di­mi­nu­tivo que la dis­mi­nuya.
Ele­gi­mos esta ma­ra­vi­llosa aven­tura de es­cri­bir jun­tas, por­que de an­te­mano nos ele­gi­mos en la ma­ra­vi­llosa aven­tura de pen­sar jun­tas, y de com­par­tir (jun­tas) la vida y la amis­tad con to­dos los cla­ros­cu­ros que ella pre­senta.
Quien en­tienda los có­di­gos con los que de­ci­di­mos ex­pre­sar­nos, nos acom­pa­ñará en esta pa­sión. Quien no los en­tienda, sólo se que­dará en los bor­des, ha­ciendo co­men­ta­rios pe­ri­fé­ri­cos acerca de qué clase de afecto es el que nos une, si es sin­cero, y en qué se basa.
No de­be­mos per­der ni un mi­nuto de tiempo con es­tas mez­quin­da­des. Tiempo les so­bra al co­ri­feo de bur­lo­nes, y lo di­la­pi­dan ali­men­tando pre­jui­cios es­tú­pi­dos.
¿Quien ha­bla a las es­pal­das será por­que no tiene ros­tro hu­mano?
Ah, qué gran abo­rre­ci­miento me pro­voca. ¿Quié­nes son? No les veo la cara. No los co­nozco. No exis­ten.
Desde ya, Tita (¿puedo de­cirle “Tita”, para apo­co­par “doc­tita”?), tiene us­ted todo mi apoyo frente a los agra­vios de que es ob­jeto. Quien la agra­via a us­ted, me agra­via a mi. Vaya todo mi dis­gusto para los ta­les. Mi co­ra­zón está unido al suyo para siem­pre.
Si­ga­mos ocu­pán­do­nos de los te­mas que nos dia­pa­sio­nan desde hace tanto tiempo, y los de­más, que si­gan la­drando des­a­fi­na­das me­lo­días. Ellas se­rán para no­so­tras como se­ña­les.
Siem­pre suya

Ali­te­ra­ción Mortal

La esperanza no es lo contrario de la desesperación. Ni desesperar es lo contrario a esperar. Que los oportunistas no me vendan un juego de palabras justo en un asunto vital. Para los que todavía creemos en los testimonios judeocristianos, la Esperanza es una Persona, y esa Persona es Jesucristo, y Jesucristo no es la antítesis de un estado mental desequilibrado ni una respuesta a las hormonas de la tristeza, ni un calendario de versículos para autoconmoverse, ni una teología para reforzar expectativas presentes y futuras.

Escrito por MonjaGuerrillera


Al­guna vez re­vi­sa­mos bi­blio­gra­fía de cris­tia­nos so­bre el tema de la muerte, y las dos com­pro­ba­mos, cada una a su tiempo, que la mo­ti­va­ción y el con­te­nido glo­bal de ta­les li­bros no pa­re­cen de gran al­cance. Son más bien de vuelo corto, casi in­fan­ti­les, que ma­no­sean el buen nom­bre de la es­pe­ranza. Y que, ade­más, mez­clan mu­chas pers­pec­ti­vas re­li­gio­sas como si to­das fue­ran una sola por­que con­si­de­ran que, des­pués de todo, la muerte ame­rita ha­llar rá­pido cual­quier sub­ter­fu­gio de paz men­tal. Lo que equi­vale a de­cir que cual­quier cuento nos vale para dor­mir tran­qui­las, ya que fi­nal­mente nos ofrece una es­pe­cie de con­fianza obli­ga­to­ria, a la que, si so­mos bue­nas chi­cas, abra­za­re­mos por nues­tro bien.

Mi opi­nión al ha­ber­los leído es que esos au­to­res se creen lla­ma­dos a una suerte de mi­sión hi­gié­nica de la de­ses­pe­ra­ción, nom­brada irre­fle­xi­va­mente exis­ten­cial. No pasa mu­cha agua de­bajo del puente sin que con­clu­yan sus li­bros de modo pro­fi­lác­tico y te­ra­péu­tico, con una pre­co­ci­dad alar­mante para toda so­lu­ción re­la­tiva a la vida y la muerte. Lo malo es que la ges­tión ca­te­cú­mena de es­tos au­to­res con­si­gue in­cre­men­tar la sen­ci­lla des­es­pe­ranza emo­cio­nal y la de­ses­pe­ra­ción esen­cial. Es un tra­bajo que no aplaca ni apa­ci­gua nada, ni si­quiera es­conde ba­sura bajo la al­fom­bra. Lo que hace una ofrenda de es­pe­ranza frus­trada es di­la­tar y agra­var aque­llo que que­ría com­ba­tir. No hay de­cep­ción más grande que re­ci­bir una carta de amor ex­tra­or­di­na­rio con pro­me­sas a per­pe­tui­dad y des­pués re­ci­bir sólo una flor y una foto. No hay peor cosa que pro­me­ter un ho­ri­zonte y en­tre­gar un abismo.

Así que, por mi parte, veo un gran va­cío en ellos, va­cío que en­vi­le­cen por dos vías irre­me­dia­bles: Una, la vía de to­mar con li­vian­dad se­me­jante tema y eri­girse en vi­sio­na­rios de la es­pe­ranza, con­si­guiendo luego lo opuesto a lo bus­cado. Y otra, la de con­vi­dar cual­quier ba­ra­tija como re­lleno para el va­cío que co­mu­ni­can. Evi­den­te­mente, si me tra­tan así, no es que me es­tán dando una so­lu­ción, es que me es­tán de­jando in­crus­tada en un pan­tano de so­le­dad car­di­nal ha­biendo pro­me­tido sa­carme de cual­quier po­cito eventual.

La es­pe­ranza no es lo con­tra­rio de la de­ses­pe­ra­ción. Ni de­ses­pe­rar es lo con­tra­rio a es­pe­rar. Que los opor­tu­nis­tas no me ven­dan un juego de pa­la­bras justo en un asunto vi­tal. Para los que to­da­vía cree­mos en los tes­ti­mo­nios ju­deo­cris­tia­nos, la Es­pe­ranza es una Per­sona, y esa Per­sona es Je­su­cristo, y Je­su­cristo no es la an­tí­te­sis de un es­tado men­tal des­equi­li­brado ni una res­puesta a las hor­mo­nas de la tris­teza, ni un ca­len­da­rio de ver­sícu­los para au­to­con­mo­verse, ni una teo­lo­gía para re­for­zar ex­pec­ta­ti­vas pre­sen­tes y futuras.

Si cada quien se es­cribe un li­bro para ali­viarse del ho­rror de que­dar sin pers­pec­tiva o para cu­rarse de los pro­pios te­rro­res bá­si­cos, y no es ca­paz de her­ma­narse y sólo es ca­paz de la am­bi­ción de ha­cerse leer, en­ton­ces la li­te­ra­tura de la es­pe­ranza con­tra la muerte está so­brando de­ma­siado. Y no sé cuál sa­cra­mento los per­suade de que por ósmo­sis, por es­tí­mulo o por du­pli­cado las per­so­nas de todo el mundo ha­bre­mos de ir a una fosa co­mún de pa­la­bri­tas aje­nas a sa­nar­nos el desa­so­siego fundamental.

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