2– Sis­tema Teológico

Ni la tabla que quedó del sistema me sirvió para mucho frente a las olas titánicas de mis pensamientos, frente a las corrientes fortísimas de una Verdad a la que sólo podemos asediar pero jamás abarcar por completo.

Escrito por Eliana Gilmartin


Una ta­bla, aun­que de nada sirve en tie­rra firme,
es de un in­menso va­lor en un nau­fra­gio.”
Héc­tor Tizón

V.M.: Así so­lía de­cir un os­curo ven­de­dor de ra­mos ge­ne­ra­les, ahora de­ve­nido pre­di­ca­dor de pue­blo, que su carta, por lar­gos me­ses es­pe­rada, me ha he­cho re­cor­dar sin to­marme por sor­presa.
Que un sis­tema sea un sis­tema, se es­for­zaba en ex­pli­carme un viejo pro­fe­sor de hom­bros car­ga­dos y ca­mi­nar lento, hace que to­das sus par­tes, hasta las más mí­ni­mas, en­cas­tren en el es­quema ge­ne­ral con la fina per­fec­ción de un puzzle. El re­sul­tado ob­te­nido, pro­se­guía, es lo más cer­ca­nas que po­de­mos es­tar de la reali­dad en sí. Y cuando la reali­dad de la que ha­bla­mos tiene que ver con la ver­dad acerca de Dios, la ri­gu­ro­si­dad en el es­que­leto del barco nos puede pre­ser­var de se­gu­ros nau­fra­gios.
Así plan­teado el pen­sa­miento, doc­tí­sima amiga, ¿no pa­re­ce­ría re­sul­tar hasta ra­zo­na­ble? Así me lo pa­re­cía a mi. En un tiempo. Hasta que una tor­menta en alta mar des­truyó mi barco, mi es­quema y mi sis­tema por com­pleto. Des­cu­brí tam­bién que el pre­di­ca­dor de ra­mos ge­ne­ra­les es­taba equi­vo­cado. Ni la ta­bla que quedó del sis­tema me sir­vió para mu­cho frente a las olas ti­tá­ni­cas de mis pen­sa­mien­tos, frente a las co­rrien­tes for­tí­si­mas de una Ver­dad a la que sólo po­de­mos ase­diar pero ja­más abar­car por com­pleto. Y la li­ber­tad de es­tar so­las en el in­menso océano de Dios, que­rida, sin ta­blas, es­que­mas y ver­da­des em­pa­que­ta­das re­ci­bi­das por he­ren­cia, al prin­ci­pio da miedo… Y ¿al fi­nal? También.

I — Sis­tema Teológico

De esa desesperación es que quiero hablarle, y de otras; aunque quizás, siempre de las mismas.

Escrito por MonjaGuerrillera


“¿Al ritmo de las pa­la­bras aprendí a con­tar es­tre­llas,
ca­mi­nar de­jando hue­llas para sa­ber re­gre­sar?”
Martha Gó­mez

Illmª, arries­gue aten­ción: Hace mu­chos años vi a un hom­bre, y, por lo tanto a mu­chos hom­bres, to­dos va­ria­bles aun­que me hu­biera pa­re­cido uno solo, que juró por la llu­via y por los muer­tos, que un sis­tema teo­ló­gico de­be­ría ser útil y uti­li­ta­rio para afir­mar en las igle­sias cris­tia­nas la ver­dad del men­saje bí­blico. Lo co­nocí aque­lla no­che de la que us­ted supo más de­ta­lles en otra oca­sión. Es­taba él frente a frente con su pro­pio ma­ni­fiesto, aco­dado en una me­sita de bar cam­pero, lo más le­jos po­si­ble de la ciu­dad, de cos­tado a una ven­tana, siendo para mí una som­bra hu­mana al tras­luz de la tor­menta.1
Y, vea que, in­cluso sin in­te­rés de oírlo, com­prendí algo de lo que dijo. Con­fío en que us­ted no lo to­mará como una renta de parte del cielo, tal si me pa­seara por la vida cre­yén­dome la más agra­ciada y ejem­plar por ha­berlo in­tuido, así que se lo co­mento sin ro­deos: Este hom­bre ju­raba que un sis­tema teo­ló­gico de­be­ría ser­vir para mar­car en lí­nea recta la guía doc­tri­nal a las igle­sias cris­tia­nas, pre­ci­sa­mente por­que sa­bía que la vida no tiene un único rasgo sino una mul­ti­tud de sur­cos y por­que él los tran­si­taba con la cul­posa in­frac­ción del pre­cepto de la cohe­ren­cia. Pensé, en­ton­ces, que el ar­gu­mento ma­yor de su de­seo no era una ra­zón sino una pa­sión: El miedo a la li­ber­tad pro­pia del men­saje de Je­sús –bruta (y no su­til) li­ber­tad que se tes­ti­mo­nia como una ava­lan­cha o un des­mo­ro­na­miento– y que, por lo tanto, la sen­ci­llez bes­tial de ser li­bre no le de­jaba en la mano un me­ca­nismo y una si­me­tría para la fe. Co­nocí esa no­che a un in­so­por­ta­ble que no se so­por­taba a sí mismo ni ser ni es­tar ni creer. Y de esa de­ses­pe­ra­ción es que quiero ha­blarle, y de otras; aun­que qui­zás, siem­pre de las mismas.

  1. Sin tor­menta, hasta hu­biera ju­rado con­tar las es­tre­llas con ese mismo sis­tema teo­ló­gico.

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