Por Eliana Gilmartin
“Vivo mi vida en círculos concéntricos, que se abren sobre las cosas.
No podré cerrar el último, tal vez, pero habré de intentarlo.“
R. M. Rilke
Queridísima: tiene usted tanta razón. Qué dura y qué cruel es esa conciencia de existencialidad que un día, más tarde o más temprano, nos sorprende de golpe como un chubasco frío en plena calle. Las preguntas se multiplican y las respuestas retroceden casi dadas por vencidas sin ofrecer pelea. Vivir con la conciencia de que vivimos, sin saber cómo, por qué, cuánto y hasta cuándo no es para nada fácil.
Fíjese que parece sencillo si lo planteáramos esquemáticamente: sobre la existencialidad se ciernen dos cuestiones básicas, dos saberes. El penúltimo y el último. Reconocerse viva y advertirse viva para morir. Y sin embargo, esta muerte tan lejana y tan próxima, que no dura ni un segundo como acto de la vida, ejerce una presión insoportable sobre todo lo que somos, decimos, hacemos y pensamos.
Despertar a estos asuntos genera mucha angustia, amiga mía, y esa angustia nos empadrona a todos los existentes, porque todos, sin faltar ninguno, sabemos que vamos a morir. Le refiero aquí uno de esos momentos de cruel lucidez de mi propia vida. Quizás se parezca un poco a alguno de los suyos.
*
¿Qué hora es?
Escuché mientras me despertaba con el tubo endotraqueal todavía colocado.
Las nueve y media, respondió una voz sin rostro venida de alguna parte.
¿Ya las nueve y media?, pensé ¿Hace tres horas que estoy en este quirófano?
¿Las nueve y media?
No estoy muerta, fue lo último que atiné a pensar antes de que me durmieran otra vez: en la eternidad no hay horas.
Las últimas dos, tres, cuatro horas antes de que me operaran otra vez las pase en un sector muy cercano a la muerte. Los pocos momentos en que estaba lúcida, interrumpidos por estados de inconsciencia, los empleaba para pelearme con Dios por mi situación. Acababa de tener un bebé, tenía dos hijos más, también chiquitos ¿Y ahora se te ocurre hacerme morir? ¿No te das cuenta del desastre que eso va a desencadenar? Pensaba sólo en mis hijos. Aunque quizás también pensaba un poco en mí. Me habían dicho que los cristianos morían con una sonrisa en los labios, y ahí estaba yo, renegando, asustada, temiendo morir.
Teología no me faltaba. Me faltaba paz real.
¿Por qué no podía lograr que todo lo que había aprendido sobre la muerte vencida y la vida eterna gloriosa junto a Cristo me alcanzara en ese momento en que tenía que poner mi fe en práctica?
Mi bebé de horas estaba junto a mí, durmiendo plácida, ajena a mi debatirme entre la fe y la no fe, entre la paz y la incertidumbre. De camino al quirófano por segunda vez en pocas horas, y luego en su antesala, me di por vencida en mi lucha interna. Si querés matarme, matame ya. Me rindo. Vos sos Dios y sabés lo que hacés. Me entrego. Parecía mentira, pero me invadió una inmensa paz, que es lo último que recuerdo antes de despertarme intubada.
No hay muchos casos de estallido de útero post-parto, y muchos menos casos de mujeres que hayan sobrevivido para contarlo. Y ahí estaba yo, con tubos, caños, y agujas por todos lados, sintiéndome colgada de una soga totalmente en el aire. Ahora sabía bien que cualquier cosa me podía pasar. No da inmunidad la fe en Dios. Nunca se es demasiado joven para morir, decía Soren Kierkegaard. Y yo acababa de comprobarlo.



