Ni la tabla que quedó del sistema me sirvió para mucho frente a las olas titánicas de mis pensamientos, frente a las corrientes fortísimas de una Verdad a la que sólo podemos asediar pero jamás abarcar por completo.
Una tabla, aunque de nada sirve en tierra firme,
es de un inmenso valor en un naufragio.”
Héctor Tizón
V.M.: Así solía decir un oscuro vendedor de ramos generales, ahora devenido predicador de pueblo, que su carta, por largos meses esperada, me ha hecho recordar sin tomarme por sorpresa.
Que un sistema sea un sistema, se esforzaba en explicarme un viejo profesor de hombros cargados y caminar lento, hace que todas sus partes, hasta las más mínimas, encastren en el esquema general con la fina perfección de un puzzle. El resultado obtenido, proseguía, es lo más cercanas que podemos estar de la realidad en sí. Y cuando la realidad de la que hablamos tiene que ver con la verdad acerca de Dios, la rigurosidad en el esqueleto del barco nos puede preservar de seguros naufragios.
Así planteado el pensamiento, doctísima amiga, ¿no parecería resultar hasta razonable? Así me lo parecía a mi. En un tiempo. Hasta que una tormenta en alta mar destruyó mi barco, mi esquema y mi sistema por completo. Descubrí también que el predicador de ramos generales estaba equivocado. Ni la tabla que quedó del sistema me sirvió para mucho frente a las olas titánicas de mis pensamientos, frente a las corrientes fortísimas de una Verdad a la que sólo podemos asediar pero jamás abarcar por completo. Y la libertad de estar solas en el inmenso océano de Dios, querida, sin tablas, esquemas y verdades empaquetadas recibidas por herencia, al principio da miedo… Y ¿al final? También.
De esa desesperación es que quiero hablarle, y de otras; aunque quizás, siempre de las mismas.
“¿Al ritmo de las palabras aprendí a contar estrellas,
caminar dejando huellas para saber regresar?”
Martha Gómez
Illmª, arriesgue atención: Hace muchos años vi a un hombre, y, por lo tanto a muchos hombres, todos variables aunque me hubiera parecido uno solo, que juró por la lluvia y por los muertos, que un sistema teológico debería ser útil y utilitario para afirmar en las iglesias cristianas la verdad del mensaje bíblico. Lo conocí aquella noche de la que usted supo más detalles en otra ocasión. Estaba él frente a frente con su propio manifiesto, acodado en una mesita de bar campero, lo más lejos posible de la ciudad, de costado a una ventana, siendo para mí una sombra humana al trasluz de la tormenta.
Y, vea que, incluso sin interés de oírlo, comprendí algo de lo que dijo. Confío en que usted no lo tomará como una renta de parte del cielo, tal si me paseara por la vida creyéndome la más agraciada y ejemplar por haberlo intuido, así que se lo comento sin rodeos: Este hombre juraba que un sistema teológico debería servir para marcar en línea recta la guía doctrinal a las iglesias cristianas, precisamente porque sabía que la vida no tiene un único rasgo sino una multitud de surcos y porque él los transitaba con la culposa infracción del precepto de la coherencia. Pensé, entonces, que el argumento mayor de su deseo no era una razón sino una pasión: El miedo a la libertad propia del mensaje de Jesús –bruta (y no sutil) libertad que se testimonia como una avalancha o un desmoronamiento– y que, por lo tanto, la sencillez bestial de ser libre no le dejaba en la mano un mecanismo y una simetría para la fe. Conocí esa noche a un insoportable que no se soportaba a sí mismo ni ser ni estar ni creer. Y de esa desesperación es que quiero hablarle, y de otras; aunque quizás, siempre de las mismas.