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XII — Paulo Brabo

Tercera Huella: Disfrutar sin poseer - II

Por MonjaGuerrillera

Lo que Ha­ría Je­sús en Seis Pa­sos
Au­tor: Paulo Brabo
Tra­duc­ción: Mon­ja­gue­rri­llera

Je­sús dice que, si ha­bla­mos es­tric­ta­mente, la frase ri­queza es­pi­ri­tual es una con­tra­dic­ción. Son tér­mi­nos opues­tos por­que la única ver­da­dera ri­queza es la del es­pí­ritu. Sin em­bargo, Je­sús está muy le­jos de pro­po­ner al­guna clase de as­ce­tismo, de ri­gor y de mor­ti­fi­ca­ción de los sen­ti­dos. Mu­chos, sin mo­tivo, aso­cian la idea de ri­queza es­pi­ri­tual con po­breza ma­te­rial. Pero Je­sús, al mismo tiempo que es ga­rante de que no vale la pena co­rrer tras la ad­qui­si­ción ma­te­rial, nos con­vida a dis­fru­tar in­ce­san­te­mente de las co­sas. Je­sús es ese que dijo mi­ren los li­rios del campo, qué pa­dre da­ría una pie­dra si su hijo le pide un pan, he re­suelto co­mer en su casa, por fa­vor me aceita este sánd­wich de pes­cado, vuelva a lle­nar mi copa de vino, fui el otro día a un ban­quete de boda…

Este es un equi­li­brio de­li­cado por­que nos con­fronta a una pa­ra­doja fuerte, sí, pero, al fin de cuen­tas, Je­sús está di­ciendo que lo po­bre y lo fru­gal está me­jor equi­pado para dis­fru­tar de las co­sas bue­nas de la vida –no en vir­tud de cual­quier pu­reza su­pe­rior– sino por­que la li­mi­ta­ción sim­ple­mente está dis­puesta a va­lo­rar­las. El mo­mento de cada uno es lo que cada uno tiene, y na­die, por más em­pe­ñado que esté, puede aña­dir me­dio me­tro a su estatura.

Así que, para el rabí de Na­za­ret, gas­tar el día acu­mu­lando ri­queza y ven­ta­jeando para ob­te­ner ga­nan­cias no es ser esen­cial­mente co­rrupto y per­verso, es ser un imbécil.

XI — Paulo Brabo

XI - Tercera Huella: Disfrutemos sin poseer.

Por MonjaGuerrillera

Lo que Ha­ría Je­sús en Seis Pa­sos
Au­tor: Paulo Brabo
Tra­duc­ción: Mon­ja­gue­rri­llera

Las pri­me­ras hue­llas, por im­pre­vi­si­bles son vir­tuo­sas, pero son esen­cial­mente cos­mé­ti­cas y re­la­ti­va­mente poco exi­gen­tes. Todo se co­mienza a des­equi­li­brar cuando se ha­bla de di­nero. Je­sús de­mos­tró que no ig­no­raba eso. Él ha­bla en plata todo el tiempo.

En eso está otra apa­rente pa­ra­doja de suya: El Hijo del Hom­bre que a los cua­tro vien­tos era vi­si­ble que no te­nía un sa­la­rio ni una casa pro­pia, usaba con des­caro las ri­que­zas y el di­nero para di­se­ñar sus ejem­plos y sus com­pa­ra­cio­nes más fuer­tes. Por un lado, no hay cómo ig­no­rar que su pos­tura ge­ne­ral era crí­tica ha­cia la ob­se­sión de acu­mu­lar bie­nes ma­te­ria­les. Eso era co­no­cido en su época y es ines­ca­pa­ble en la nues­tra. Por otro lado, queda claro que Je­sús no ig­nora que la ri­queza es mu­chas ve­ces la me­tá­fora más ade­cuada y la más esen­cial para ilus­trar lo que Él es­taba que­riendo decir.

Je­sús, el fru­gal, el lin­yera, el croto, el desarra­pado, no duda en com­pa­rar el reino de Dios con un te­soro en­te­rrado, un te­soro con el que al­guien tro­pieza; ni duda en to­mar la ima­gen de una perla va­liosa al que para com­prarla un co­lec­cio­nista vende todo lo que tiene. Pero tam­bién alerta que el te­soro de una per­sona y lo más pro­fundo de su ser ocu­pan el mismo lu­gar y lo ocu­pan al mismo tiempo. Y que por eso mismo, vale más in­ver­tir el te­soro en donde la ri­queza es in­mune a la des­va­lo­ri­za­ción y a la in­de­bida apro­pia­ción. Tam­bién para la re­com­pensa del reino usa la ima­gen de dos de­na­rios en la pa­rá­bola de Ma­teo 20. Y sin sa­lir del mismo evan­ge­lio de Ma­teo, te­ne­mos otros tan­tos ejem­plos so­bre el di­nero: como el per­dón de una deuda,1 y las res­pon­sa­bi­li­da­des del reino y los ta­len­tos de oro.2

Pro­vo­ca­ti­va­mente, como todo lo que ha­cía Je­sús, acaba pro­po­niendo que la es­fera de Dios y su im­pon­de­ra­ble do­mi­nio pue­den ser ade­cua­da­mente com­pa­ra­dos con aque­llo que aso­cia­mos de forma más in­me­diata al con­cepto de va­lor, al con­cepto de de­seo y al con­cepto de sa­tis­fac­ción. Hasta el sexo es me­nor, in­cluso hasta el po­der es me­nor. Pero el di­nero –que con­tiene los con­cep­tos de de­seo, po­der y sexo– es el prin­ci­pal per­fil que nos viene a la ca­beza cuando nos ha­blan de algo que vale mucho.

La vida en­con­trada en Dios es ape­nas com­pa­ra­ble con nada, pero si algo de va­lor se nos re­pre­senta, en­ton­ces ese va­lor es aun­que sea sim­bo­li­zado con una única mo­neda que fue re­cu­pe­rada, y en el re­lato pasa a ser la cosa más va­liosa que se pudo en­con­trar en una vida ab­so­lu­ta­mente ca­rente. En re­su­men, usando la ima­gen de su opo­nente ma­yor, Je­sús de­fiende la ri­queza ma­te­rial y dice, es­tric­ta­mente ha­blando, que ella misma es una con­tra­dic­ción de tér­mi­nos. Por­que por un lado ne­ce­sita in­ver­sión y al mismo tiempo que se in­vierte ne­ce­sita re­cu­pe­rar lo invertido.

santo-paulo

  1. Mt. 18.
  2. Mt. 25

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