Miedo a la desesperación
Por Eliana Gilmartin
Creer significa de hecho superar las barreras,
trascender, encontrarse en éxodo.
Pero de tal modo que no por ello quede suprimida
o pasada por alto la realidad opresora.
La muerte es muerte verdadera,
y la podredumbre, podredumbre hedionda.
La culpa sigue siendo culpa,
y el sufrimiento continúa siendo,
también para la fe,
un grito que carece de una respuesta ya lista.
Jurgen Moltmann
Mi muy apreciada y excma. compañera de derrotero. Sigamos, pues, con los temas que nos apasionan. Respondo comprometida a lo que el azar o el destino quisieron que fuera su última comunicación conmigo. Y que los cielos sigan iluminando nuestro andar por tan delicados territorios.
Coincido con Moltmann en que la fe no anula la cara terrible de la muerte, del dolor, del sufrimiento. La muerte, el dolor, el sufrimiento, el mal en cualquiera de sus manifestaciones, siguen siendo hediondez y podredumbre que nos afecta, que se cierne sobre nosotros, de las que somos incapaces de escapar. Debemos convivir con la incertidumbre de no tener una respuesta ya, y de que cuando la tengamos, ya habrá sido demasiado tarde. Esta convivencia forzosa y forzada con el mal y el dolor provocan desesperación, y la desesperación no tiene buena reputación en ámbitos de fe.
Para muchos, casi todos, la esperanza cristiana sería la contracara antitética de la desesperación: quien tiene esperanza no se desespera. Para mi, en cambio, la esperanza y la desesperación no son la enfermedad y el remedio, sino dos realidades que responden a estímulos diferentes, circulan por carriles diferentes, viven y conviven sin entorpecerse, aunque, no obstante, muy pocos se permitan el ejercicio saludable de aceptar sentirse desesperados.
“Los cristianos no se desesperan, porque tienen esperanza”, es el monstruo que debemos desarticular para quitar de la espalda de muchos una doble carga que ya sobrepasa la segunda milla. La desesperación es el motor de la fe, parece proponer Soren Kierkegaard: cuando nos desesperamos, entonces fluye la fe-esperanza para sortear ese abismo, permitiéndonos lanzarnos al vacío sabiéndonos bien sujetos al arnés. La fe surgiendo de la desesperación es un aspecto del problema, pero el mismo no se agota allí.
¿Qué pasa con aquel que tiene fe, y aun teniendo fe y esperanza cristiana, siente desesperación? Invertimos la proposición kierkegaardiana, y volvemos la solución del problema al punto cero.
La esperanza cristiana tiene que ver con la fe. Puede ser un hecho vital, si es que produce cambios a nivel emocional, por ejemplo, si produce paz. La fe, en este sentido, es la capacidad de sobrellevar todas las preguntas, sabiendo que para casi la mayoría de ellas no hallaremos respuestas. Si esa fe influye en la vida, traerá esperanza, traerá paz espiritual. Ahora bien, ¿qué pasa con nuestra mente que sigue pensando, que sigue viendo, que sigue en ese estado de hiperconsciencia que provoca desesperación?
La desesperación no es falta de fe, sino una patología vital del sentimiento y de las emociones. Y la llamo “patología” no por considerarla una enfermedad (que podría serlo), sino porque es un “pathos” al que es muy difícil negarle entidad una vez que se ha instalado. ¿Y si ese estado de hipervigilia surgiera de la fe? ¿Y si porque tengo fe conozco mi condición y saber mi condición me provoca desesperación? No es, por cierto, mi condición ética, a la que me estoy refiriendo. Si mi condición ética me provoca desesperación, esta sería una desesperación secundaria y hasta subsanable con la gracia divina.
Demasiados desesperados éticos hay en el mundo, cuya fe (que esgrimen orgullosos) no les alcanza para saberse libres de imperativos morales.
La consciencia que provoca desesperación trascendental es la consciencia óntica, es decir, aquella que me enfrenta sin ambages a mi condición de finitud y fragilidad. A mi condición de dependencia absoluta. Esta hiperconsciencia óntica es saber que soy y que no hice nada para ser, y que entre el ser y el no ser hay una delgada línea que yo misma no he trazado.
Aquellos que creen que la fe es incompatible con la desesperación puede ser que nunca se hayan sentido desesperados existencialmente (por falta de esa hiperconsciencia de la que hablábamos) o puede ser, lo que es mucho peor, que sintiéndose desesperados, haya podido más la sombra del prejuicio sobre ellos.



