Por MonjaGuerrillera
Alguna vez revisamos bibliografía de cristianos sobre el tema de la muerte, y las dos comprobamos, cada una a su tiempo, que la motivación y el contenido global de tales libros no parecen de gran alcance. Son más bien de vuelo corto, casi infantiles, que manosean el buen nombre de la esperanza. Y que, además, mezclan muchas perspectivas religiosas como si todas fueran una sola porque consideran que, después de todo, la muerte amerita hallar rápido cualquier subterfugio de paz mental. Lo que equivale a decir que cualquier cuento nos vale para dormir tranquilas, ya que finalmente nos ofrece una especie de confianza obligatoria, a la que, si somos buenas chicas, abrazaremos por nuestro bien.
Mi opinión al haberlos leído es que esos autores se creen llamados a una suerte de misión higiénica de la desesperación, nombrada irreflexivamente existencial. No pasa mucha agua debajo del puente sin que concluyan sus libros de modo profiláctico y terapéutico, con una precocidad alarmante para toda solución relativa a la vida y la muerte. Lo malo es que la gestión catecúmena de estos autores consigue incrementar la sencilla desesperanza emocional y la desesperación esencial. Es un trabajo que no aplaca ni apacigua nada, ni siquiera esconde basura bajo la alfombra. Lo que hace una ofrenda de esperanza frustrada es dilatar y agravar aquello que quería combatir. No hay decepción más grande que recibir una carta de amor extraordinario con promesas a perpetuidad y después recibir sólo una flor y una foto. No hay peor cosa que prometer un horizonte y entregar un abismo.
Así que, por mi parte, veo un gran vacío en ellos, vacío que envilecen por dos vías irremediables: Una, la vía de tomar con liviandad semejante tema y erigirse en visionarios de la esperanza, consiguiendo luego lo opuesto a lo buscado. Y otra, la de convidar cualquier baratija como relleno para el vacío que comunican. Evidentemente, si me tratan así, no es que me están dando una solución, es que me están dejando incrustada en un pantano de soledad cardinal habiendo prometido sacarme de cualquier pocito eventual.
La esperanza no es lo contrario de la desesperación. Ni desesperar es lo contrario a esperar. Que los oportunistas no me vendan un juego de palabras justo en un asunto vital. Para los que todavía creemos en los testimonios judeocristianos, la Esperanza es una Persona, y esa Persona es Jesucristo, y Jesucristo no es la antítesis de un estado mental desequilibrado ni una respuesta a las hormonas de la tristeza, ni un calendario de versículos para autoconmoverse, ni una teología para reforzar expectativas presentes y futuras.
Si cada quien se escribe un libro para aliviarse del horror de quedar sin perspectiva o para curarse de los propios terrores básicos, y no es capaz de hermanarse y sólo es capaz de la ambición de hacerse leer, entonces la literatura de la esperanza contra la muerte está sobrando demasiado. Y no sé cuál sacramento los persuade de que por ósmosis, por estímulo o por duplicado las personas de todo el mundo habremos de ir a una fosa común de palabritas ajenas a sanarnos el desasosiego fundamental.



