COMITIS CONSISTORIANI
Mozilla Firefox o el Infierno


Muerte deshumanizante

¿Es la muerte, el más deshumanizante de los misterios, al fin, la más humanizante esencialidad de nuestra condición humana?
Escrito por Eliana Gilmartin

“El niño es inmortal, porque no sabe nada de la muerte“
Hölderlin

¿Qué misterio tan profundo, le pregunto, que­ría presentar (que no des­entrañar) el escritor semita de Génesis 2 cuando nos relata esa extraña rela­ción entre dos árboles? Sitúa al hombre en un jardín en cuyo centro hay dos árboles especiales: el del conocimiento, y el de la vida. La prohibición de comer, es para el primero, la consecuencia de la desobediencia termina siendo no poder comer del segundo, o sea morir. ¿O acaso saber que se muere? No se explica la muerte en los textos que nos son la única fuente de fe disponible. La muerte es lo total­mente extraño a la vida. La contracara oscura de la que sólo sabe­mos, por nega­ción, lo que no es: no es la vida. La vida apenas la conoce­mos, y la muerte, nos es desconocida por completo.

Esa sombra (usted sabrá entender, doctísima, cuando hablo de la muerte como sombra –“rep­haim”-, término misterioso y alta­mente simbólico) y el percibirla inclinada sobre la vida indefectible­mente, aunque no atine­mos a distinguir en ella ningún rasgo de claridad, es lo que produce miedo. Y cuando hablé del miedo a la muerte, me refe­ría a esa incierta certeza de lo imposible de aprehender, lo in­abarcable, la perfecta, y difusa a la vez, sombra oscura que nos aguarda al final del camino.¿Y cuándo es el final del camino? ¿Y qué hay detrás, después, más allá? Sólo un tajo en seco, limpio y final que da sentido, para bien o para mal, a todo lo que vivimos, sentimos y hace­mos “más acá” de él.

Ese conocimiento, que termina siendo un conocimiento del desconocimiento, nos define antropo­lógica­mente como seres carentes, pasaje­ros, dependientes, en fin, como humanos, de donde la contingencia de la vida, la sospecha insidiosa de la vida pronta a disolverse en la no vida, acaso sea parte esencial de nuestra naturaleza y no algo total­mente ajeno a ella. Por eso me apresuré, compañera, a imponer este tema como medular a la existencialidad. El saber y el no saber. El saber que no se sabe. El no saber que no se sabe y el no saber lo que se sabe. La certeza de la incerteza, que es la expresión que más se ajusta al sentimiento indefinible con palabras: saberse existente y sospecharse a punto de no existencia es el conocimiento –o el desconocimiento– más des­humanizante y, a la vez, el más humanizante.

Rondar la muerte - II

Merodear la muerte lo exige la hiperviligilancia de la incerteza, la angustia provocada por la certeza de la muerte. Deseamos ver si por algún lado una fisura nos permite apenas percibir de manera limitada y transitoria en qué consiste interrogar, si somos capaces, la muerte y sus posibles esencias. Incluso sabiendo de antemano que una cosa es pensar antropológica y teológicamente la muerte, y otra cosa muy distinta es entender la muerte.
Escrito por MonjaGuerrillera

No sé cómo lo verá usted, pero le cuento lo que a mí me parece en rela­ción al miedo a la muerte.1 Para acceder al tema de la muerte tolerando el miedo –según mi opinión de ahora– y siendo la muerte impenetrable, creo que hay dos puertas posibles. Una es el arte. Incluyendo la literatura que no pretende ser profiláctica de la de­sespera­ción. Y la otra es la teo­logía, porque convoca a la fe, y no sólo a la fe propia, autista y purgante. No hay otras puertas de acceso a soportar la muerte y sus espantos sino sólo por medio del arte y de la teo­logía.2

De esas dos puertas posibles ahora no voy a hablarle, porque le dije que me ajusta­ría nada más que a la antropo­logía de la muerte. Sin embargo, me adelanto a dar un rasgo del arte, que es una inexplicable intuición que se tiene o no se tiene, y que, por una profunda e hipersensible fuerza crea­dora (que no se puede soslayar) ejerce una presión ante la vida y la muerte tan grande e irreversible como la presión que el Misterio ejerce sobre los profetas. El arte, todo el arte, a veces tiene un resplandor velado que nos aleja de la angustia de la Muerte porque nos acerca a la angustia de la Vida.

¿Quién puede decir con honestidad que siguiendo los consejos de un escritor aséptico de de­sespera­ción consigue más paz por un solo instante en el día que oyendo la música de un gran artista? Eso es porque el artista, si es bueno, tiene una extra­ordinaria3 consciencia de la de­sespera­ción humana, y no llega a su cumbre por haber pisado todos los terrenos de la felicidad, sino por haber pisado unos pocos y fugazmente.

A través del arte se puede acceder a una arista de la muerte y espiarla, mucho más que mediante otras ciencias. Y con la teo­logía pasa algo similar, si es que la teo­logía no es un simple acumula­dor de datos, y es, primero que nada, un germen continuo de búsqueda para le fe.

*

Vuelvo a la antropo­logía de la muerte, para decir una vez más que, incluso siendo el arte y la teo­logía dos puntos de acceso a indagar la muerte –y dos mane­ras de hacer soportable lo indagado no sólo para uno mismo– son de todas mane­ras dos contactos igual­mente lejanos con ella, porque no pueden penetrarla y declarar lo que es. Pueden, nada más, merodearla y describir lo que ella parece ser.

Tene­mos que tener en cuenta esta acción de merodeo, ese rodear la muerte, porque en eso consiste nuestro tratamiento de existencialidad y fe. Rodear la muerte y su concepto, o sus va­rios conceptos. Rodear su ambigüedad, su enigma unívoco es rondarla para buscar el perfil, la silueta, su contorno. Merodearla lo pide la hiperviligilancia de la incerteza, o sea la angustia provocada por la certeza de la muerte, y lo pide pasional­mente porque desea ver si por algún lado hay alguna fisura que nos permita apenas percibir de manera limitada y transitoria en qué consiste in­te­rrogar, si es que somos capaces, la muerte y sus posibles esencias. Y merodearla incluso sabiendo de antemano que una cosa es pensar antropo­lógica y teo­lógica­mente la muerte, y otra cosa muy distinta es entender la muerte. Lo primero se puede hacer mediante la especula­ción sensorial e intelectual estando vivos. Lo otro, no se sabe.

  1. Miedo que, si me permite decirle tan temprana­mente, nunca es un miedo a la muerte física, en mi caso; no ya en estos tiempos en que tantas fallas me hace el cuerpo. Una misma ya lucha pero al mismo tiempo se entrega y pierde el temor a que el cuerpo muera. Sí, tengo, en cambio, un miedo esencial a que esa cosa me toque, y a sus prelimina­res, sus síntomas, a su conciencia de sufrir, y luego al hecho de no existir más, a la nada pos­te­rior, a la de­sintegra­ción, a la ausencia definitiva, a la pérdida de lo que era, un miedo a haber trabajado tanto en ser para que luego deje de ser. Y miedo, también, por la misma razón, a la muerte ajena, a la de los seres que nos dan sentido a la vida nuestra, sean conocidos íntimos o no, porque uno puede quedarse huérfano o viudo de la gente que le valió la pena sin haberla tenido cerca jamás. Y ese miedo se tiene todos los días, no sólo cuando toca el azar del hospital.
  2. No dije que haya que ser artista o teó­logo para soportar el acoso de la muerte. Ni siquiera dije que haya que ser creyente en alguna religión. Porque bien se sabe que hasta los etruscos tienen esa sonrisa frente a la muerte justa­mente para contradecir la plena conciencia del pánico ante ella. Usted sabrá leer bien.
  3. Extra­ordinaria, algo fuera de lo ordina­rio y fuera de lo común a todos.